Central Station
La estación de tren que es más que una estación
Muy a menudo, las estaciones son lo primero que ven los visitantes al llegar a una ciudad en tren o en autobus. Bajamos del tren y la estación es ese lugar que nos recibe y que también nos avanza un poco lo que va a ser la ciudad a la que hemos llegado.
Otras veces, las estaciones, son esos lugares en los que nos encontramos con nuestros seres queridos cuando vienen a visitarnos o cuando somos nosotros los que vamos de visita o regresamos a casa después de una temporada fuera.
También las estaciones son puertas a desconocidos lugares, a nuevas aventuras. Las cruzamos corriendo, empujando la maleta hacia un destino o una vida en la que no sabemos aún como nos irá.
En mi época de universidad pasé mucho por la estación de tren, tanto para ir a la ciudad en la que estudiaba como para regresar a casa algún fin de semana al mes, a comer comida casera y que me lavaran la ropa sin destrozármela. Recuerdo los besos prolongados en la estación de tren a un novio de juventud que, al igual que yo, siempre estaba yendo y viniendo.
La Gran Estación Central es, sin duda, uno de los edificios más impresionantes de Nueva York. Siempre que entro en ella me pregunto si la intención de esa belleza es dar la bienvenida al que llega a la ciudad o tratar de convencer al que se marcha para que no lo haga.
Si caminamos hacia el este por la calle 42 y llegamos al edificio de Gran Central, al principio no parece que estemos llegando a una estación. Nos llama la atención la cantidad de personas que atraviesan esas puertas de bronce y cristal, y la gran águila de piedra con sus alas desplegadas en la barandilla del balcón situado sobre la puerta.
Al entrar no vemos ningún tren sino un largo pasillo que desciende hacia un lugar que todavía no podemos ver. A mitad de camino, desembocan en el pasillo otros dos y se forma un singular cruce de caminos con techo abovedado, en las esquinas es habitual ver gente de espaldas susurrándoles a las paredes. Las esquinas de las columnas de estos arcos tienen la característica acústica de trasladar el sonido en diagonal de un lado al otro del arco. Por ello, cuando dos personas se ponen cada una en un extremo de la diagonal y susurran de cara hacia la pared, la otra persona situada en el lado opuesto a su diagonal lo puede escuchar claramente. Cuando el emigrante español Guastavino las hizo construir, buscaba la sencillez y la protección contra el fuego, nunca creyó que esas esquinas iban a servir cien años después para susurrar secretos o planes de viaje.
La gran sala central parece que está hecha para que, mirando hacia su techo pintado de azul, podamos soñar con destinos deseados, miremos al cielo y elijamos nuestro siguiente destino. Un gran reloj de Tiffany en el centro nos recuerda que, aunque soñar está muy bien, el tiempo es lo más valioso que tenemos y nunca deberíamos llegar tarde a nuestros sueños.
No vas a ver muchos trenes en la Gran Estación Central, a las vías se llega por unas pequeñas puertas que solo dan acceso a un par de andenes cada una. En esta estación, la protagonista es ella, con sus pasillos de mármol, sus techos abovedados, sus escalinatas y sus grandes cristaleras.



Me fascinó cuando la visité! No sabía el tema del sonido … en Valencia, en el Museo Príncipe Felipe de la Ciudad de las Ciencias, también se da este efecto. Fascinante cuando lo pruebas!
Gracias Juana 😘
Un rincón mágico de NY ✨